Un morocho más en la fila
Todas las mañanas en las que Marcelo iba a trabajar se levantaba temprano, diez minutos antes que el despertador y como una hora y diez minutos antes de tener que ir a la parada a tomar el colectivo que lo llevaba al trabajo. Cuando los zorzales comenzaban a cantar, trataba de quedarse en la cama diez minutos más, pero le era imposible. Era como si un zorzal funcionara como el despertador de todo lo que había a su alrededor. De repente, despertaba a los otros pájaros y después al mundo entero. ¿Quién puede seguir durmiendo con tantos pájaros cantando al mismo tiempo? Marcelo pensaba que, en algún momento de su vida, tal vez extrañaría el canto de los pájaros y recordaría aquel barullo como música para sus oídos. Pero ahora no era más que un despertador, el sonido que lo sacaba de la cama y lo preparaba para ir al trabajo. Ese día estaba especialmente ansioso. Era lunes y, después de algunos años de trabajo, dejaría de hacer turnos rotativos. Dejaría de trabajar de noche y de tener...