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El primo Pablo.

  El pastor dijo que el fin del mundo estaba próximo. Lo había dicho también el domingo anterior, pero esa noche parecía más seguro. O al menos gritó más. Yo estaba sentado junto a mi madre, en la tercera fila. Los bancos eran de madera y tenían los respaldos rectos. Ya no sabía cómo sentarme. Cambié de posición y mi madre me apoyó una mano sobre la rodilla. —Quedate quieto. El pastor caminaba de una punta a la otra del altar. Tenía la camisa pegada al pecho y una mancha amarilla debajo de cada brazo. A veces levantaba la Biblia. Otras veces cerraba los ojos y hablaba a los gritos sin mirar a nadie. —¡Escuchen, hermanos! ¡Esas son las trompetas que están sonando! Algunas mujeres dijeron amén. —¡Alaben al Señor! Todos gritaron aleluya y los más devotos respondieron: «¡Alabado sea el Señor!». Mi madre también. Lo hizo con los ojos cerrados, arrugando el rostro y una mano levantada. La otra seguía sobre mi rodilla. El pastor dijo que los tibios serían escupidos de la boca de Dios. Des...