Azúcar y edulcorante

Estoy sentado en la mesa de la sala de reuniones. Acostumbro llegar siempre antes. Me ayuda a preparar el campo de batalla. Si entro y ya hay alguien, no puedo elegir el lugar donde sentarme ni cuál será la visión que tendré de las presentaciones.

Trato de buscar una esquina neutral desde donde pueda ver principalmente al gerente y después a los demás. Es importante tener un campo de visión que me permita observar a cada uno de mis compañeros cuando él comienza a hacerles preguntas que ponen en jaque sus respuestas.

—Nadie resiste más de tres preguntas —lo escuché decir—. No hay excusa que lo resista. Eso ya está escrito en el manual de las excusas —declaraba.

Es que, en verdad, no entiendo a mis compañeros. Es más fácil callar, pensar y responder: “Lo voy a revisar para ver si lo podemos mejorar”, que quedarse dudando entre excusas. A medida que fui asistiendo a estas reuniones, llegué a la misma conclusión: ya está todo escrito.

Me llama mucho la atención esta sala de reuniones. ¿Será que el arquitecto la pensó de esta manera o fue pura casualidad? Una sala de torturas moderna, con proyección de castigos y conexión por wifi. Cuando está vacía parece un precipicio. Si uno se para al borde, solo puede verse muy pequeño y sentir el frío de la distancia. Cuando está llena, el aire se vuelve sofocante, como en la ladera de un volcán. Lo contradictorio es que no entran más de diez personas.

Liliana está en la puerta. No puede golpear porque tiene en las manos la bandeja con una jarra térmica de café, los vasos y el canasto con sobres de azúcar y edulcorante. Me mira pidiendo permiso para entrar. Es la única que me pide permiso. A pesar de haberle hecho muchas bromas sobre la fecha de nuestros cumpleaños y de tratarla amablemente, ella conserva la distancia. Es personal de limpieza y yo, jefe. Ella solo ve cargos hacia arriba, probablemente. Es posible que no sepa que, cuando se cierra esta puerta, somos niños llenos de temor esperando el castigo de papá.

—Pasá, Liliana...

Ella me mira a través de los vidrios de la puerta. Educada o taciturna, aún no lo sé. Bueno, no hay más remedio. Voy a levantarme para ayudarla a entrar.

—Buenos días, Liliana. ¿Cómo estás?

—Bien... Señor, llegó temprano.

—Y... no hice la tarea. Cuando eso pasa, es mejor llegar antes que el gerente. Me da aspecto de seguridad. Pero la verdad es que estoy cagado.

Ella me mira y sonríe.

Voy a recuperar mi lugar. El gerente ya debe estar próximo a llegar. Es gracioso cuando llega temprano y va saludando a cada uno de los jefes que entran. Solo les hace un comentario. Un comentario que sirve de dardo venenoso y les irá haciendo efecto a medida que se acerque el momento de presentar.

Cuando recién entré a esta empresa, Ferreyra, el jefe de cepillado de madera, me dijo:

—Tranquilo, pibe. Ser no es parecer, y aquí es más importante parecer que ser. Es importante parecer siempre que estás haciendo algo importante. Así que, cuando andes paseando al pedo por la planta, andá siempre con algunos papeles en la mano. No estás haciendo nada, pero nadie te va a cuestionar porque parece que estás haciendo algo.

Lástima que lo hayan echado dos semanas después de darme ese consejo. Siempre fue muy compañero, a pesar de ser jefe.

Voy a poner la bandeja de café frente a mí para usarla como camuflaje y evitar el contacto directo. Va a ser una buena manera de pasar un poco más desapercibido. No entiendo por qué Liliana deja siempre todos los sobres de azúcar y edulcorante mezclados y patas para arriba. De solo verlos ya me pongo incómodo... Bueno, no es mi problema.

En la pared de la cabecera de la mesa hay una pizarra. Todavía hay escritos un montón de números que Roberto comenzó a dibujar cuando me explicaba:

—Siempre que vas a mentir, tenés que hacerlo con decimales. Porque una cosa es decir, por ejemplo, que el rechazo de productos está entre el diez y el veinte por ciento, y otra es decir que está en el quince coma cinco. Nadie duda de los números con decimales. Cuanto más grande es la mentira, más decimales. Ese es el secreto.

Roberto ya hacía más de diez años que estaba en la empresa. Sabía cómo sobrevivir.

Por la ventana se ven las máquinas de aquí para allá. ¿Sabrán ellos que son parte de un circo donde solo hay payasos, un león y ningún domador?

El gerente entra con su computadora entre las manos. Tengo un punto extra: fui el primero en llegar.

—Buenos días, Héctor.

—Buenos días, Marcelo.

Se sienta y prepara su espacio en la cabecera, casi enfrente de mí. Ahora lo importante es parecer. Escuché por ahí que las personas que tienen un TOC suelen ser más inteligentes que las personas que no lo tienen. ¿Pero de dónde puedo sacar un TOC que sea ligeramente perceptible, para no parecer un desquiciado? Puede ser que este no sea el momento de pensar en eso.

Fue una buena idea dejar la bandeja de café frente a mí. Así paso un poco más desapercibido. Lástima que esos sobres de azúcar y edulcorante estén tan desordenados. Debe ser más difícil ponerlos así que ordenarlos. Si los ordeno, nadie se va a dar cuenta y yo voy a estar un poco más tranquilo. ¿Pero qué pensará el gerente si me pongo a ordenarlos? ¿Que estoy más para el servicio de limpieza que para jefe de área? Quizás él esté un poco más tranquilo sin tantos payasos dando vueltas.

Hablando de payasos, ahí viene el subgerente de Administración. Es parte de una lógica que no entiendo. Tiene el aspecto de que, al menos una o dos generaciones atrás, tuvo antepasados obreros. No puede escapar de eso; su apariencia no deja dudas. Lo digo en lo físico. Pero, si hay un tipo más clasista y detestable, no lo conozco.

Pero la verdad si lo conozco. Es solo cuestión de ir por la planta repartiendo uniformes con unas tiras y algunas estrellas. Quién pudiera dejar de ser esclavo para pasar a ser amo. Eso quizás pensaba la SS. Sí, ya sé, me estoy yendo al carajo.

Pero ¡mirá! Entra, no saluda y se pone a hablar con el gerente. Me ignora. No me saluda ni hace contacto visual. Es imposible que no me haya visto. Es obvio que resulta más difícil evitar el contacto. Pero bueno, mejor me ocupo de otra cosa. Podría acomodar esos sobres de azúcar y edulcorante. Si los pongo intercalados, uno de azúcar y otro de edulcorante, quizás sea más fácil encontrar lo que cada uno necesita. Es más, quedarían mejor.

Me equivoqué. Hay una persona más detestable que el subgerente de Administración. Ahí está el jefe de Personal. Cara de forro, aspecto de forro. Antes de ser jefe de Personal fue gendarme. Quizás nunca dejó de serlo. Conserva el bigote. Nunca vi un tipo tan verga, que disfrutara tanto tratando mal a las personas.

—Hola, Marcelo. Pasame un café.

Al menos este forro me saluda.

—Hola, Oscar. Ahí te paso. Ricardo, ¿vos querés uno?

A este lo voy a cagar. Vamos a ver si continúa ignorándome.

—Hola, Marcelo. No te había visto. Sí, servime un café, por favor.

—No hay problema, Ricardo. Yo pensé que me ignorabas nomás.

Me clava la mirada y esboza una leve sonrisa. Creo que no voy a durar mucho en esta empresa. Ya sé que digo esto desde hace tiempo, pero cada vez tengo menos amigos.

Ya pasaron unos diez minutos desde la hora en que debería haber comenzado la reunión. Los que lleguen a partir de ahora seguramente van a recibir su dardo venenoso.

Ahí viene Sapo Parado, siempre a las corridas. Otra estrategia de parecer antes que ser. ¿Quién le habrá puesto ese sobrenombre? El que lo hizo es simplemente un hijo de puta. Cuando pregunté por qué le decían así, me dijeron:

—Agarrá un sapo de los brazos y paralo. Vas a ver que arriba es supergrande y abajo tiene las piernas y la cola finitas.

Era tal cual.

Sapo Parado se acerca al café, me mira y me dice en voz alta:

—Vos siempre al pedo, Marcelo. Por eso llegás temprano a todos lados.

No puedo hacer más que reírme. ¿Será que se desarma mi estrategia?

—Estimados, vamos a comenzar —dice el gerente—. Ya pasaron diez minutos. El que no llegó es porque esta reunión no le interesa.

Termina de decir eso y Daniel abre la puerta.

—Disculpe. Es que estaba cerrando los indicadores.

—Daniel, siempre tarde y con una excusa —le dice el gerente—. Unos minutos más y tiene que ver la reunión desde afuera.

—Disculpe, Héctor.

Primer dardo venenoso.

—Está bien. Dígame: ¿pudo solucionar el rechazo del lote?

—Todavía no, Héctor. Estuve hablando por teléfono con el cliente, pero aún no lo pude solucionar.

—Pero, Daniel, hagamos algo. Mi hijo de cuatro años también habla por teléfono. La próxima vez, que lo llame él. Usted es el jefe de Producción ¡solucione los problemas de producción!

El veneno ya comenzó a hacer efecto.

El gerente baja la cabeza y mira su computadora. Daniel sonríe nervioso, se sienta a mi lado y me dice:

—¿Qué hacés, Marcelo? Vos siempre bien...

Lo miro y comienzo a ordenar los sobres de azúcar y edulcorante.

La próxima presentación es la mía.


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