Los Chavalines: I. Vivir decentemente
Subimos al auto y ocupamos nuestros lugares con la fe ciega de que aquella vez el motor encendería apenas mi padre girara la llave. Nunca lo hacía. La llave dio una vuelta. El auto tosió dos veces y se quedó quieto. Bajamos los cuatro. Mi lugar estaba junto al guardabarros izquierdo. Era la única parte donde todavía se veía la pintura original, entre las manchas de masilla y antióxido. Mi madre empujaba en el medio, mi hermana del otro lado y mi padre desde el frente. —Uno, dos, tres. El auto respondió con un gemido y nosotros hicimos fuerza. —Vamos a las cuatro, a las cinco y a las seis. Volvimos a empujar. Al principio pareció que las ruedas se resistían, como si también ellas quisieran quedarse. Después, el auto comenzó a moverse. Mi padre corrió unos pasos junto a la puerta, saltó al asiento y giró otra vez la llave. Del caño de escape salieron tres truenos. Era nuestra señal de victoria. Corrimos detrás del auto y subimos antes de que volviera a arrepentirse. Mi madre todavía...