Los Chavalines: I. Vivir decentemente

 Subimos al auto y ocupamos nuestros lugares con la fe ciega de que aquella vez el motor encendería apenas mi padre girara la llave. Nunca lo hacía.

La llave dio una vuelta. El auto tosió dos veces y se quedó quieto.

Bajamos los cuatro.

Mi lugar estaba junto al guardabarros izquierdo. Era la única parte donde todavía se veía la pintura original, entre las manchas de masilla y antióxido. Mi madre empujaba en el medio, mi hermana del otro lado y mi padre desde el frente.

—Uno, dos, tres.

El auto respondió con un gemido y nosotros hicimos fuerza.

—Vamos a las cuatro, a las cinco y a las seis.

Volvimos a empujar. Al principio pareció que las ruedas se resistían, como si también ellas quisieran quedarse. Después, el auto comenzó a moverse. Mi padre corrió unos pasos junto a la puerta, saltó al asiento y giró otra vez la llave.

Del caño de escape salieron tres truenos.

Era nuestra señal de victoria.

Corrimos detrás del auto y subimos antes de que volviera a arrepentirse.

Mi madre todavía no había terminado de cerrar la puerta cuando encendió un cigarrillo. Dio una pitada profunda y llenó el interior de humo. Mi hermana tosió. Ella no le prestó atención. Dio otra pitada y miró la casa.

La casa en la que vivíamos era una casilla prefabricada de madera. Mi padre la había comprado usada con una parte del dinero que le dieron cuando cerró la fábrica. No era todo lo que le correspondía. Eso lo repetía mi madre cada vez que hablaban del tema.

Mi padre le había agregado un baño de material. Todavía no llegaba el agua, pero decía que pronto la iba a conectar. Al lado del inodoro dejábamos un balde siempre lleno. Más de una vez me olvidé de mirar si tenía agua antes de sentarme y después tenía que gritar.

—¡Mamá!

Ella no respondía.

—¡Mamá, no hay agua!

Yo esperaba una eternidad, sentado en el inodoro y con los pantalones bajos. Después de llamarla varias veces, aparecía con el balde y me preguntaba por qué no me había fijado antes.

Frente a la casa había tres paraísos. En primavera se llenaban de hojas y de unas bolitas verdes que yo usaba como proyectiles. En otoño, las hojas y las frutas podridas formaban un colchón sobre la tierra.

Mi madre odiaba esos árboles. Decía que en primavera juntaban borrachos bajo la sombra y que en invierno solamente servían para hacer mugre. Mi padre, en cambio, no perdía la oportunidad de dormir la siesta debajo de ellos.

Cuando el auto arrancó, los tres subimos. Mi padre puso primera y salimos.

Yo no sabía adónde íbamos y tampoco se me ocurrió preguntarlo. Mis padres venían peleando desde hacía un tiempo y era mejor no hablar. Mi madre se irritaba cuando le hacíamos preguntas. Mi padre directamente no respondía. Así que me acomodé contra el asiento y miré por la ventanilla.

Pasamos frente a la fábrica donde había trabajado mi padre. Tocó varias veces la bocina para saludar a los compañeros que hacían guardia junto a la entrada. Algunos estaban alrededor de la olla popular. Levantaron las manos cuando nos vieron pasar.

Unos metros más adelante estaba la Cueva, un prostíbulo que quedaba cerca de la fábrica. Cuando pasamos por la puerta, mi padre volvió a tocar la bocina.

—Hijo de puta —dijo mi madre.

Mi padre sonrió.

Yo miré hacia atrás, pero no alcancé a ver quién había salido a saludarlo.

Continuamos viaje y pasamos frente al barrio Pinazo. Se llamaba así por el arroyo que lo atravesaba. Las casas se habían ido levantando a los costados del agua, cerca de las fábricas donde trabajaba casi todo el mundo.

A veces iba con mi primo a mirar las fábricas desde cerca. Nos gustaban los ruidos y las nubes de vapor que salían de los caños. Una vez me llevó hasta un tubo enorme que descargaba agua directamente en el arroyo.

—Respirá profundo —me dijo.

Yo le hice caso.

El olor se me metió por la nariz y me raspó la garganta. Empecé a toser y no pude parar durante un largo rato. Mi primo se reía doblado por la mitad.

Después me explicó que era el caño maestro.

No sabía qué significaba «maestro», pero desde aquel día pensé que debía llamarse así porque podía obligarte a respirar aunque no quisieras.

Mi padre sacó la mano por la ventanilla para avisar que iba a doblar. Entramos en un camino de tierra tan largo que parecía no terminar nunca. A los costados había dos filas de eucaliptos. Sus copas se juntaban sobre nosotros y formaban un túnel por el que apenas conseguían filtrarse algunos restos de luz.

Casi al final del camino, mi padre pisó el freno y dejó el auto a un costado.

Los cuatro permanecimos en silencio. Ya no se escuchaban las fábricas ni los autos. Solamente el canto de los pájaros y el golpeteo del motor, que parecía cansado después del viaje.

Mi padre abrió la puerta y bajó.

Nosotros tres nos quedamos adentro.

Mi madre se puso un cigarrillo en la boca, buscó el encendedor en los bolsillos y lo prendió. Intenté abrir mi puerta para que entrara un poco de aire, porque las ventanillas no funcionaban, pero ella me detuvo.

—Quédense quietos y en silencio. Cerrá esa puerta ya.

La cerré.

Nos quedamos detenidos en el tiempo, sumergidos en el humo y esperando que mi padre regresara. Mi hermana movía las piernas sin tocar el piso. Yo trataba de respirar por la abertura de la ventanilla.

A los pocos minutos, mi padre volvió. Abrió la puerta y solamente dijo:

—Vamos.

Los tres bajamos.

Avanzamos hasta la entrada. El portón era una tranquera pintada de blanco. Tenía un cartel escrito a mano, con unas letras tan prolijas que parecían hechas con una regla.

Los Chavalines, decía.

Cruzamos los cuatro juntos.

Después de caminar unos metros encontramos otro portón más pequeño. Detrás había una casa que parecía estar escondida dentro de la quinta. Las paredes eran de material y estaban cubiertas por una enredadera. Las ramas rodeaban las ventanas y avanzaban por el techo. Parecía una casa viva.

Un hombre salió a recibirnos.

—Buen día. ¿Cómo está la familia? Mi nombre es Vicente —dijo—. Ustedes deben ser los Talavera.

Después miró a mi padre.

—Usted es Ramón.

—Sí, soy yo. ¿Cómo anda? Buen día —respondió mi padre.

Vicente le extendió la mano.

—El doctor me dijo que ustedes son la familia que nos va a cubrir mientras nosotros salgamos de vacaciones. Hace como diez años que no vamos a Entre Ríos a visitar a la familia.

Mientras hablaba, se rascaba la cabeza. Parecía contento. Mi padre solamente asentía. Nosotros permanecimos detrás de él, mirando la escena.

—El doctor ya debe estar por llegar. Quiere mostrarle personalmente las cosas que hay que hacer en la quinta. Mientras tanto, voy a terminar de acomodar unas cosas.

Vicente sacó varias sillas y las puso en el patio para que esperáramos. La casa de los caseros tenía un terreno grande, separado del resto de la quinta por una cerca.

—Acá los chicos pueden jugar tranquilos —nos dijo—. Lo único que les recomiendo es que no hagan mucho ruido. La señora Marisú es muy buena, pero no le gustan los ruidos.

Miró a mi hermana y después me miró a mí.

—Pero son solamente quince días. No va a haber problemas. Los patrones suelen llegar los viernes a la tarde y se van el domingo a la noche. Después, la quinta queda para ustedes.

Debo haber abierto mucho los ojos, porque mi madre me fulminó con la mirada.

Nos quedamos escuchando la conversación. Vicente le daba consejos a mi padre sobre cómo atender al doctor, las cosas que le gustaban y las que lo ponían de mal humor. Hablaba despacio, como si tuviera miedo de olvidarse de algo importante antes de irse.

A los pocos minutos llegó el doctor.

Era un viejo de nariz grande. Pensé que tenía que ser así de grande porque, de lo contrario, no habría podido sostener los anteojos gruesos que llevaba. Tenía unos pocos pelos acomodados hacia un costado, con los que intentaba taparse la pelada. Usaba camisa y pantalón de vestir, pero llevaba todo arrugado y desacomodado.

—Vamos —dijo.

No saludó ni preguntó quiénes éramos.

Todos lo seguimos.

Atravesamos el portón que separaba la casa de los caseros del resto de la quinta. Después de caminar unos metros llegamos a la casa principal.

Era enorme.

En el techo de tejas rojas había ventanas, como si otra casa hubiera crecido encima de la primera. Parte de las paredes estaba cubierta por una enredadera de flores amarillas. Las puertas eran de madera y todas las ventanas tenían persianas.

Levanté el mentón todo lo que pude para abarcarla con la mirada. La casa era un gigante que se me venía encima.

Una mujer salió por una de las puertas. Llevaba un uniforme azul de mucama y una cofia en la cabeza. Cuando la vi tuve ganas de reírme. Para mí estaba disfrazada.

La mujer le pidió a mi madre que la acompañara. Mi hermana se fue detrás de ellas. Antes de entrar, la mujer se acercó a mi madre y le habló en voz baja.

—A la señora Marisú no le gustan los niños. Entremos despacio porque ahora está recostada, durmiendo la siesta.

La puerta se cerró detrás de las cuatro.

Mi padre, Vicente y yo nos quedamos esperando las órdenes del doctor.

—Vicente, podés volver a tu casa. Yo voy a mostrarle la quinta a Ramón.

Vicente bajó la cabeza.

—Sí, doctor.

Se dio vuelta y se alejó sin decir nada más.

El doctor nos indicó que lo siguiéramos. Rodeamos la casa principal y nos fue explicando cómo cuidar cada planta. Nunca había visto tantas flores juntas. Había flores amarillas, violetas, rojas y blancas. Algunas crecían en la tierra y otras colgaban de las paredes.

—Las plantas se riegan una vez por semana. No se olvide —dijo el doctor.

—No me voy a olvidar —respondió mi padre.

Continuamos hasta el frente de la casa. Allí estaba la pileta. Desde donde yo la miraba parecía la huella que había dejado el gigante al pisar el jardín.

El doctor llevó a mi padre hasta la sala de bombas para mostrarle cómo usar el filtro y cómo prender y apagar los motores. Mientras ellos hablaban, me acerqué al borde.

El agua era tan transparente que podía verse el fondo. El cielo se reflejaba sobre la superficie y por un momento no supe si estaba mirando hacia abajo o hacia arriba.

—¡Eh, nene! ¿Qué hacés?

Me sobresalté.

El doctor me miraba desde la puerta de la sala de bombas.

—Tenga cuidado, Ramón. Los chicos no saben nada. Manténgalos lejos de la pileta, no vaya a ser cosa que un día aparezca uno flotando.

Mi padre me agarró del brazo y me apartó del borde.

—Quédese tranquilo, doctor. Saben nadar.

Entonces recordé cómo había aprendido.

Fue en la pileta del club del sindicato. Mi madre odiaba ir a ese lugar. Creo que mi madre odiaba ir a todos lados.

Yo todavía no sabía nadar. Ella había salido a comprar cigarrillos y me quedé con mi padre y unas primas de mi madre. Mi padre me agarró de los hombros y dijo.

—Vamos a ver cómo se hace hombre este.

Después me hundió.

No tuve tiempo ni de cerrar los ojos. Debajo del agua podía ver las piernas de las mujeres y la cara de mi padre deformada por la superficie. Todos se reían. Yo no podía respirar y sentía que me moría.

Cuando pensé que ya no iba a poder aguantar más, empecé a hacer fuerza para salir. Entonces mi padre me levantó.

Salí llorando.

Las carcajadas me daban más bronca que el agua que me ardía en la nariz. Pero las últimas palabras de mi padre fueron todavía peores.

—Dale, dejá de llorar, maricón. Ahora ya sabés nadar.

Continuamos con el recorrido.

Yo todavía no alcanzaba a entender todo lo que había en aquella quinta. Cada cosa nueva parecía esconder otra detrás.

Cruzamos un grupo de árboles y llegamos hasta una laguna pequeña. En el medio había una isla. Cuando nos acercamos a la orilla, varios patos salieron de allí. Algunos corrieron hacia nosotros y otros se tiraron al agua.

—Vienen cuando ven gente porque esperan que les den de comer —explicó el doctor—. Todas las mañanas hay que traerles un poco de alimento balanceado.

—Todas las mañanas —repitió mi padre.

—En la laguna también hay peces.

El doctor se agachó, recogió algunas semillas que habían quedado en el suelo y las arrojó al agua.

De pronto, un montón de bocas aparecieron en la superficie. Se abrían y se cerraban todas juntas. Había peces rojos, negros y blancos.

—Son carpas. Las traje del Jardín Botánico. También hay que darles de comer una vez por día.

Mientras ellos hablaban, me acerqué a un bote que estaba apoyado cerca de la orilla.

—Nene, eso no es para jugar —dijo el doctor.

Mi padre me señaló con un dedo.

—Quedate quieto o te reviento.

Me aparté del bote.

Continuamos el recorrido. Pasamos frente a una cancha de tenis que había que barrer todos los viernes para que los hijos de los patrones pudieran usarla durante el fin de semana.

Después llegamos a un galpón. Allí guardaban el alimento de los patos y los peces. También había bolsas para los caballos.

Cuando el doctor dijo «caballos», sentí que algo me saltaba dentro del pecho. Nunca había tocado uno ni lo había visto de cerca. En la quinta había ocho.

Mi padre continuó hablando con el doctor y yo esperé que apareciera alguno. Pero estaban en el potrero, detrás de unos árboles, y no conseguí verlos.

Seguimos caminando hasta regresar a la casa de los caseros.

Entramos y nos acomodamos en un sillón frente a una chimenea. Me quedé mirándola e imaginé cómo se vería con el fuego encendido. Mi madre y mi hermana ya estaban allí, sentadas una al lado de la otra.

Me senté junto a mi hermana. Sus pies apenas alcanzaban el suelo.

—¿Cómo es la casa grande? —le pregunté.

—Grande —respondió.

Esperé a que dijera algo más.

—Grande y fría. Me dio miedo.

La mujer que había acompañado a mi madre salió de una de las habitaciones. Ya no llevaba el uniforme azul. Vestía ropa común y cargaba unos bolsos.

Vicente apareció detrás de ella.

—Bueno, ya casi es la hora de irnos —dijo.

Miró alrededor de la casa como si estuviera comprobando que todo quedara en su lugar. Después dejó una llave sobre la mesa.

—En quince días estamos de vuelta.

Mi padre no respondió.

Vicente y su mujer levantaron los bolsos y salieron. Nosotros fuimos detrás de ellos. El doctor los esperaba dentro del auto para llevarlos a la estación.

Antes de subir, Vicente se acercó a mi padre.

—Cualquier cosa que no entienda, pregúntele al doctor. Cuando vuelva le explico lo demás.

Le dio una palmada en el hombro.

—Cuídeme los patos.

Mi padre asintió.

Vicente subió al auto junto a su mujer. Los dos nos saludaron desde la ventanilla. Después el auto se perdió por el camino de los eucaliptos.

Nos quedamos los cuatro frente a la casa.

Mi madre fue la primera en entrar.

—Bueno, chicos —dijo—. Esta va a ser nuestra casa durante quince días.

Mi padre la miró.

—Va a ser por mucho más tiempo, Teresa.

Ella se dio vuelta.

—¿Qué decís? No les mientas a los chicos.

—Te digo que va a ser por mucho más tiempo. Nos vamos a quedar a vivir acá.

Mi madre dejó el bolso sobre una silla.

—¿Por qué decís eso?

—Porque me lo dijo el doctor.

—Pero los caseros se fueron de vacaciones. En quince días vuelven.

—No, mujer. El viejo les hizo una cama. Los está echando. Se los va a decir cuando lleguen a la estación.

Mi madre se quedó en silencio.

Miró la chimenea, las paredes de material y las ventanas con vidrios enteros. Después caminó hasta la cocina y abrió una canilla. El agua cayó con tanta fuerza que salpicó la pileta y le mojó las manos.

—Bueno —dijo mientras cerraba la canilla—. No hay mal que por bien no venga. Al fin tenemos un lugar decente donde vivir.

Nadie respondió.

Yo pensé en Vicente, que había dejado la llave sobre la mesa y había dicho que volvería en quince días. Pensé también en los patos, en la pileta, en la chimenea y en los ocho caballos que todavía no había podido ver.

Sabía que lo que había hecho el doctor estaba mal.

Pero quería que mi padre tuviera razón.

Quería quedarme.

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