El primo Pablo.

 El pastor dijo que el fin del mundo estaba próximo. Lo había dicho también el domingo anterior, pero esa noche parecía más seguro. O al menos gritó más.

Yo estaba sentado junto a mi madre, en la tercera fila. Los bancos eran de madera y tenían los respaldos rectos. Ya no sabía cómo sentarme. Cambié de posición y mi madre me apoyó una mano sobre la rodilla.


—Quedate quieto.


El pastor caminaba de una punta a la otra del altar. Tenía la camisa pegada al pecho y una mancha amarilla debajo de cada brazo. A veces levantaba la Biblia. Otras veces cerraba los ojos y hablaba a los gritos sin mirar a nadie.


—¡Escuchen, hermanos! ¡Esas son las trompetas que están sonando!


Algunas mujeres dijeron amén.


—¡Alaben al Señor!


Todos gritaron aleluya y los más devotos respondieron: «¡Alabado sea el Señor!».


Mi madre también. Lo hizo con los ojos cerrados, arrugando el rostro y una mano levantada. La otra seguía sobre mi rodilla.


El pastor dijo que los tibios serían escupidos de la boca de Dios. Después habló del fuego, de los muertos que iban a levantarse y de una bestia que gobernaría la tierra. Intenté imaginar a los muertos saliendo del cementerio del barrio. No pude. Por un momento pensé que todo aquello era ridículo. Después miré a mi madre y tuve ganas de salir de ahí.


El pastor comenzó a hablar en lenguas. Primero fueron unas palabras rápidas. Después inclinó la cabeza hacia atrás y gritó algo que sonaba como si estuviera discutiendo con alguien. Nadie parecía entenderlo. Eso no importaba. La gente levantó las manos y algunos empezaron a llorar, otros a repetir palabras que no se entendían.


Miré a mi madre. Tenía lágrimas en las mejillas y movía los labios diciendo algo que no lograba entender. Ella también hablaba en lenguas. 


Pensé que tal vez ella sí entendía.


La hija del pastor estaba dos bancos más adelante. Llevaba una pollera azul y el pelo atado. Durante el culto se dio vuelta una vez. No sé si me miró a mí, pero acomodé la espalda y dejé de mover la pierna.


Cuando el pastor terminó, todos aplaudieron y comenzaron a cantar mientras nos saludábamos con el amor y la paz de Cristo.


La gente comenzó a caminar entre los bancos. Se abrazaban, se apretaban las manos y repetían las mismas palabras.


—La paz, hermano.


—Dios te bendiga.


—La paz.


Vi que la hija del pastor se había quedado cerca del pasillo. Me levanté. Esperé que una señora terminara de abrazar a mi madre y avancé entre los bancos.


La chica me vio venir.


Primero miró hacia un costado. Después se dio vuelta y caminó hasta donde estaba el hijo de una mujer de la primera fila. Lo abrazó con los dos brazos. Él le dijo algo al oído y ella se rió.


Me quedé parado detrás de un hombre que no conocía. Viejo de mierda, no se mueve más.


El hombre me extendió la mano.


—La paz de Cristo, muchacho.


—La paz.


Cuando volví, mi madre estaba guardando su Biblia dentro de una bolsa de tela.


—Yo me voy a lo de tu tía —dijo—. Andá a buscar el auto.


—¿Dónde está papá?


Me miró como si la pregunta fuera innecesaria.


—En el bar —dijo en voz baja.


—Puede ir después.


—Andá y tráelo.


—Pero si está jugando...


—Las llaves las tiene él. Decile que necesito el auto.


La gente seguía saludándose alrededor. El pastor estaba junto a la puerta recibiendo abrazos. Me quedé hablando con mi madre aunque ya quería irme.


—No va a querer venir —dije.


Mi madre cerró la bolsa.


—Vos andá y traeme el auto.


Comprendí lo que quería. Si yo llevaba el auto, tal vez me dejarían manejar de regreso.


—Andá, hijo.


Salí de la iglesia.


Afuera hacía frío. Desde la esquina se escuchó el golpe seco de dos bochas y después la risa de varios hombres. El bar estaba a menos de una cuadra.


Antes de caminar miré hacia la puerta de la iglesia. La hija del pastor salió con el muchacho. Pasaron cerca de mí. Ella no me saludó.


Entonces fui a buscar a mi padre.


La puerta del bar estaba abierta. Antes de entrar sentí el olor. Era una mezcla de vino, cigarrillo y algo húmedo que venía del piso.


Adentro había poca luz. Los hombres hablaban fuerte, aunque estaban cerca unos de otros. Algunos permanecían alrededor de las mesas. Los demás miraban el partido de bochas.


Mi padre estaba junto a la cancha. Tenía un vaso en una mano y una bocha en la otra.


Me vio entrar.


Después miró la cancha y siguió jugando.


Esperé cerca de la puerta. Pensé que, cuando terminara el tiro, vendría a preguntarme qué hacía ahí. Mi padre balanceó el brazo dos veces y lanzó. La bocha golpeó contra otra y la apartó.


—¡Esa, Monchito querido nomás…! —gritó alguien.


Mi padre levantó el vaso y tomó un poco. No volvió a mirarme.


Atravesé el bar para ir al baño. El piso estaba pegajoso. Cerca del mostrador había un charco cubierto con aserrín. Un hombre apoyaba la cabeza sobre los brazos y parecía dormido. Los demás hablaban por encima de él.


El baño no tenía puerta. Había una cortina de plástico que llegaba hasta la mitad del piso. La corrí y entré.


El olor era peor que en el bar.


El inodoro estaba amarillo. En el suelo había colillas mojadas. Respiré por la boca. Igual podía sentir el olor entrando en mi cuerpo.


Mientras meaba pensé en cómo iba a pedirle las llaves a mi padre. Levanté la cabeza y vi una araña en el techo. Me quedé mirándola. En algún momento cambió el sonido del meo al caer.


Bajé la vista.


Estaba meando en el cesto de los papeles.


Terminé de apuro. Era preferible tener las manos sucias que tocar algo del lavamanos.


Cuando regresé, mi padre se preparaba para lanzar otra vez. Me quedé junto a la cancha. Él adelantó una pierna y soltó la bocha. Esta vez no golpeó ninguna.


—Te apuraste —le dijo uno.


—La cancha está toda torcida.


—La cancha está igual que siempre.


Los hombres se rieron.


Uno de ellos me miró. Tardé un momento en reconocerlo. Era mi tío Aníbal, un primo de mi padre al que todos llamaban tío. Tenía la cara brillante, como si la transpiración le hubiera formado una capa de cera, y el pelo aplastado contra la frente.


—Pero mirá quién vino.


Abrió los brazos y caminó hacia mí.


—Qué grande está este pibe.


Me abrazó. Su camisa estaba húmeda. Sentí el olor a vino en su respiración y quise apartar la cara, pero él me sostuvo de los hombros.


—Che —le dijo a mi padre—. Cómo creció tu hijo.


Mi padre miró primero a Aníbal y después a mí.


—Sí —dijo.


Aníbal volvió a observarme.


—¿De dónde venís con esa pilcha?


Yo tenía una camisa blanca y el pantalón que mi madre me obligaba a usar para el culto.


—De la iglesia.


Mi padre soltó una risa corta.


—Más vale que no vengas a predicarnos acá.


Los otros hombres sonrieron. Algunos me miraron esperando que respondiera.


—No —dije.


Mi padre tomó del vaso sin dejar de mirarme.


Aníbal volvió a abrazarme por el cuello.


—Dejalo al gurí. Está bien que vaya a la iglesia.


Apoyó una mano sobre mi cabeza.


—Vos tenés que creer en Dios. ¿Escuchaste? Porque Cristo está con nosotros. Aunque uno ande por caminos que no son los caminos, Él sabe lo que uno lleva acá.


Se golpeó el pecho con el puño.


—Dejá de hablar boludeces —dijo mi padre—. Te toca jugar.


—No son boludeces. Yo tengo mucha fe.


—Entonces pedile a Jesús que te arrime el bochín.


Los hombres se rieron otra vez.


Aníbal me soltó. Buscó una bocha y regresó a la cancha. Antes de tirar hizo la señal de la cruz. En la iglesia nos habían enseñado que eso era cosa de católicos.


Mi padre llenó su vaso. Tomó un poco y lo dejó sobre una mesa.


Me acerqué.


—Mamá necesita el auto.


Él no respondió.


—Está en lo de la tía. Me dijo que vaya a buscarla.


—¿Y?


—Que me des las llaves.


Mi padre se agachó para elegir una bocha. Las tocó una por una, aunque todas parecían iguales.


—Que venga caminando.


—Dijo que necesita el auto.


—Tu madre siempre necesita algo.


Se enderezó y me miró.


—Son unos rompebolas ustedes.


Buscó en el bolsillo del pantalón. Sacó las llaves y me las arrojó. Las agarré contra el pecho.


—No me lo rayes.


—No.


—Y no te hagas el Fangio.


Algunos hombres volvieron a mirarme.


—Sé manejar.


Había aprendido varios años antes, sentado sobre las piernas de mi padre. Al principio solamente movía el volante mientras él usaba los pedales. Después comenzó a enseñarme los cambios.


Decía que era importante que yo aprendiera. Si alguna noche tomaba de más, alguien tenía que llevar el auto de regreso.


Yo todavía no llegaba bien a los pedales cuando conduje solo por primera vez.


—Yo no dije que supieras.


Apretó la bocha con una mano y caminó hasta la línea.


—Dije que no te hagas el boludo.


Salí sin despedirme. Afuera respiré hondo. El aire también tenía olor a humo, pero era distinto.


El auto estaba estacionado frente al bar. Abrí la puerta y me senté. Durante unos segundos no puse la llave. Acomodé un poco el asiento y me quedé quieto.


Desde adentro llegó otro golpe de bochas. Después escuché la voz de mi padre festejando.

El auto arrancó en el segundo intento. Mi padre decía que había que conocerlo. Si uno giraba demasiado la llave, se ahogaba. Si la soltaba antes, el motor no alcanzaba a encender.


Esperé un momento antes de salir. Desde el bar volvieron a escucharse las bochas. Puse primera y avancé.


La casa de mi tía quedaba en la otra punta del barrio. Podía llegar por varias calles, pero casi todas tenían pozos. Algunos ocupaban todo el ancho y estaban llenos de agua aunque no hubiera llovido en varios días.


Manejé despacio. Sostenía el volante con las dos manos y trataba de no acercarme a las zanjas. A esa hora había poca gente. Un perro salió detrás del auto y ladró junto a la rueda hasta que se cansó.


En la esquina de la escuela doblé hacia la calle más larga. También era de tierra, pero estaba mejor. Por ahí se podía ir más rápido.


La casa de la hija del pastor quedaba a mitad de cuadra.


Pensé que tal vez todavía estaba en la iglesia. Después vi luz en la galería. Había varias personas sentadas afuera.


Aceleré.


El motor hizo más ruido del necesario. Pasé frente a la casa mirando hacia adelante, como si no me importara quién estuviera ahí. Cuando estuve a la altura de la galería, giré apenas la cabeza.


Ella no estaba.


Había cuatro muchachos junto a la vereda. Uno estaba sentado sobre una bicicleta. Otro fumaba apoyado contra un poste. Los conocía de vista. Entre ellos estaba Pablo, un primo mío al que casi nunca veíamos en las reuniones familiares.


Pablo levantó la mano cuando pasé.


No supe si me saludaba o me pedía que frenara. Aceleré un poco más.


Por el espejo vi que los cuatro se habían quedado mirando el auto.


Aflojé recién al llegar a la esquina. Había un pozo grande y tuve que bajar la velocidad casi hasta detenerme. Las ruedas entraron despacio y el auto se inclinó hacia un lado. Pensé en lo que mi padre haría si rompía algo.


Después del pozo volví a acelerar.


Mi tía vivía en una casa de madera pintada de verde. Mi madre estaba sentada con ella en la galería. Habían dejado la puerta abierta y la luz del comedor las iluminaba desde atrás.


Toqué bocina.


Mi madre se levantó y caminó hasta el borde de la galería. Miró primero el auto y después hacia el interior, como si esperara que mi padre hubiera venido conmigo.


Apagué el motor.


—¿Y tu papá?


—Se quedó jugando.


—¿Te dio las llaves así nomás?


—Sí.


Mi madre apretó los labios. No parecía sorprendida.


—Vení a saludar a tu tía.


Bajé del auto.


Mi tía me recibió con un beso. Tenía olor a crema para las manos. Sobre la mesa había un termo, un mate y una Biblia abierta.


—Qué grande está este muchacho —dijo.


Era la segunda persona que me lo decía esa noche.


Me senté en una silla, cerca de la puerta. Mi madre volvió a su lugar. Mi tía cebó mate y lo puso delante de mí.


—Estábamos hablando del culto —dijo.


—Estuvo fuerte —respondió mi madre.


Mi tía asintió.


—El pastor ya venía avisando.


—La gente no quiere ver.


—No quiere.


Mi madre apoyó la Biblia sobre sus piernas.


—Las señales están. Una atrás de la otra.


Mi tía comenzó a enumerarlas. Las guerras, las enfermedades, los hijos que ya no respetaban a sus padres. Dijo que el calor también era una señal. El invierno ya no era invierno y el verano quemaba las plantas. Mi madre agregó que cada vez había más hombres perdidos por el alcohol.


Tomé el mate. Estaba demasiado caliente y tenía tanta azúcar que apenas se sentía el gusto de la yerba.


—La venida del Señor está cerca —dijo mi tía.


—Más cerca de lo que pensamos.


—Puede ser esta misma noche.


Las dos se quedaron en silencio.


Miré hacia el auto. Lo había dejado bajo un árbol. Todavía podía verse el polvo suspendido alrededor de las ruedas.


Si el mundo terminaba esa noche, mi padre estaría jugando a las bochas. La hija del pastor estaría en su casa. Yo estaría sentado en la galería de mi tía, con la lengua quemada.


No parecía un buen momento para que terminara.


—¿Vos estás preparado? —me preguntó mi tía.


Tardé en comprender que me hablaba.


—Sí.


—¿Aceptaste al Señor de verdad?


Miré a mi madre. Ella esperaba mi respuesta.


—Sí, tía.


Mi tía sonrió.


—Eso es lo importante.


Tomé otro mate. Esta vez estaba más lavado.


Mi madre y ella siguieron hablando. Ahora discutían si primero llegaría el anticristo o si la iglesia sería llevada al cielo antes de que comenzaran las desgracias. Cada una recordaba una explicación distinta del pastor.


Desde la calle llegó el ruido de alguien golpeando las manos frente a la casa.


Tres golpes rápidos.


Mi tía dejó la taza sobre la mesa y miró hacia afuera. Mi madre cerró la Biblia.


Yo reconocí a Pablo antes de que saliera de la oscuridad. Venía solo y caminaba llevando la bicicleta a su lado.


Se detuvo junto al portón.


—Buenas noches —dijo.


Mi tía no respondió enseguida.


Pablo me miró y sonrió.


—Vine a buscar al primo.


Mi tía se levantó y caminó hasta el borde de la galería.


—¿Qué necesitás, Pablo?


—Hablar con él —dijo. Señaló hacia donde yo estaba.


—¿A esta hora?


—Son dos minutos.


Mi madre se volvió hacia mí.


—¿Vos quedaste en algo con él?


—No.


Pablo apoyó la bicicleta contra el cerco. Tenía una campera deportiva demasiado grande y las manos metidas en los bolsillos.


Me levanté y fui hacia él.


—Te vimos pasar con el auto —dijo—. Pasaste fuerte.


—No iba fuerte.


—Parecía.


—Si las calles están mejor, da para ir más rápido. Si no, reventás todo el auto.


Pablo sonrió.


—Entonces sabés manejar rápido.


Mi tía seguía observándolo desde la galería. Mi madre continuaba sentada.


—Salgo un minuto —dije.


—No te vayas lejos.


—No.


—Ese muchacho siempre anda metido en algo raro —dijo mi madre.


Pablo alcanzó a escucharla. Miró hacia la calle.


Mi madre bajó la voz.


—Invítalo a la iglesia. Por ahí necesita acercarse a Dios.


—Sí.


—Y no tardes.


Me soltó.


Caminé hasta el cerco. Pablo tomó la bicicleta y avanzamos unos metros. Esperó hasta que la casa quedó detrás de nosotros.


—¿Siempre hablan del fin del mundo?


—No sé.


—Cada vez que paso están con lo mismo.


—Hoy el pastor habló de eso.


—Qué manera de romper las pelotas.


Miré hacia la galería. Mi madre y mi tía habían vuelto a sentarse, aunque las dos seguían observándonos.


—¿Qué querés?


Pablo apoyó un pie en el pedal.


—Jacinto quiere hablar con vos.


—¿De qué?


—De un trabajo.


—¿Qué trabajo?


—Él te explica.


Jacinto era primo de los dos. Tenía veintidós o veintitrés años. Había salido de la cárcel hacía poco. En mi familia decían que había estado preso por juntarse con gente equivocada. Mi padre decía que nadie entraba preso solamente por juntarse.


—Tengo que llevar a mi mamá —dije.


—Es acá nomás.


—Me dijo que no tarde.


Pablo miró hacia la casa.


—¿Siempre hacés lo que te dice tu mamá?


No contesté.


—Dale. Son cinco minutos.


Comenzó a caminar con la bicicleta. Yo me quedé quieto.


—¿Dónde está?


—En lo del Tucumano.


—No puedo tardar.


Pablo se dio vuelta.


—Ya te escuché.


Lo seguí.


Mientras caminábamos pensé en volver a lo de mi tía. Podía inventar una excusa. También podía llegar hasta la esquina y regresar sin que nadie me preguntara nada.


Pablo iba delante de mí. No volvió a mirar si lo acompañaba.


Cruzamos un terreno baldío. La luz de la casa de mi tía desapareció detrás de los árboles. Del otro lado estaba la construcción del Tucumano. Era una estructura de losa que había levantado para hacer unos locales con la plata de la indemnización por la muerte de su hijo. El pibe se había electrocutado mientras cortaba el pasto en el country. La plata no le había alcanzado y la obra había quedado a medio terminar.


Adentro estaba la Chevy del hijo muerto, apoyada sobre unos ladrillos.


Jacinto estaba sentado sobre el capó.


Había otros dos muchachos con él. Uno llevaba una gorra negra. El otro tenía una cicatriz que le bajaba desde la oreja hasta el cuello. Dejaron de hablar cuando llegamos.


—Mirá quién vino —dijo Jacinto—. El evangélico.


—No soy evangélico.


—Venís de la iglesia.


—Fui con mi mamá.


—Entonces sos evangélico por acompañamiento.


Los otros se rieron.


Jacinto bajó del capó. Era más bajo que mi padre, pero tenía los hombros anchos. Llevaba una cadena dorada por fuera de la remera.


—Pablo dice que manejás.


—Sí.


—¿Bien?


—Sí.


—¿Rápido?


Miré a Pablo.


—Si hace falta.


Jacinto sonrió.


—Eso quería escuchar.


Sacó un paquete de cigarrillos y ofreció a los demás. No me ofreció a mí.


—Hay un tipo al que tenemos que visitar —dijo—. Un pirata del asfalto.


—¿Qué es eso?


—Uno que afana camiones.


Encendió el cigarrillo y tiró el fósforo al suelo.


—El hijo de puta me entregó. Por culpa de él estuve guardado.


—¿Te denunció?


Jacinto soltó el humo hacia un costado.


—No hizo falta. Les dijo a los milicos dónde encontrarme y después se quedó con una parte de lo que era mío.


El muchacho de la cicatriz escupió cerca de mis zapatillas.


—Sabemos dónde guarda las cosas —continuó Jacinto—. Tiene un galpón cerca de la Fábrica Militar. Televisores, herramientas, cubiertas. De todo.


—¿Y qué quieren hacer?


—Recuperar.


—Robar —dijo Pablo.


Jacinto lo miró.


—Recuperar.


Pablo sonrió y bajó la cabeza.


—Nosotros conseguimos el auto —dijo Jacinto—. Vamos hasta allá, entramos y cargamos lo que podamos. Vos esperás con el motor prendido.


—¿Por qué yo?


—Porque manejás.


—Ustedes también.


—Pero ya nos conocen.


Dio otra pitada.


—A vos no te va a mirar nadie. Tenés cara de salir de la escuela bíblica.


Los muchachos volvieron a reírse.


—¿Hay gente en el galpón? —pregunté.


—No.


—¿Cómo sabés?


—Porque sé.


—¿Y si aparece alguien?


Jacinto dejó de sonreír.


—No va a aparecer nadie.


Sentí que debía asentir. No lo hice.


—Es entrar y salir —agregó Pablo—. No llega a diez minutos.


—Vos te quedás en el auto —dijo Jacinto—. Ni siquiera tenés que bajar.


Pensé en mi padre dentro del bar. Pensé en mi madre sentada junto a la Biblia. Los dos creían saber dónde debía estar yo.


—¿Cuándo? —pregunté.


—El sábado que viene.


—Tengo iglesia.


Jacinto me observó unos segundos. Después miró a los otros.


—Tiene iglesia.


El de la gorra se rió.


—Capaz que el pastor no le da permiso.


Jacinto se acercó. Sentí el humo en su ropa.


—No te estamos pidiendo que mates a nadie, evangélico. Solamente tenés que manejar.


—Ya te dije que no soy evangélico.


—Entonces demostralo.


Tiró el cigarrillo y lo aplastó con la zapatilla.


—¿Te animás o te cagás?


Podía haber dicho que necesitaba pensarlo. También podía decir que no. Jacinto estaba esperando cualquiera de las dos respuestas.


—Me animo.


—No te escuché.


—Dije que sí.


Jacinto me dio dos golpes en la mejilla. No fueron fuertes, pero tampoco fueron una caricia.


—Así me gusta.


Me aparté.


Desde la casa de mi tía, muy lejos, mi madre gritó mi nombre.


—Me tengo que ir.


Jacinto regresó junto al auto.


—El sábado, a la hora del culto. Pablo te busca.


Volvieron a hablar entre ellos. Para ellos la conversación había terminado.


Regresé solo. Mi madre volvió a llamarme antes de que alcanzara el terreno baldío.


Cuando llegué a la casa, ella y mi tía seguían sentadas en el mismo lugar. La Biblia continuaba abierta sobre la mesa.


Mi madre me preguntó qué quería Pablo.


—Nada —dije—. Quería mostrarme una bicicleta.


Mi madre cerró la Biblia.


—Ya es hora de irnos.


Mi tía dijo que todavía era temprano. Mi madre miró hacia la calle y respondió que no quería dejar a mi padre demasiado tiempo solo.


Las dos sabían que ya era tarde para eso.


Mi tía guardó las tazas. Antes de despedirnos me apoyó una mano sobre la cabeza.


—Seguí cerca del Señor.


—Sí, tía.


—Se vienen tiempos difíciles.


Mi madre dijo que era verdad.


Subimos al auto. Ella se sentó a mi lado y puso la bolsa con la Biblia sobre sus piernas.


—Manejá despacio.


—Sí.


—Y cuidado con los pozos.


Encendí el motor. Mientras esperaba que calentara, miré hacia el terreno baldío. No se veía a nadie.


Mi madre también miró.


—¿Qué quería Pablo?


—Ya te dije. Mostrarme una bicicleta.


—¿Y para qué?


—La quiere vender.


—¿Vos querés comprar una bicicleta?


—No.


Puse primera.


—Entonces no entiendo para qué te fue a buscar.


—Yo tampoco.


Mi madre dejó de preguntar.


Manejé más despacio que antes. Con ella a mi lado sentía cada movimiento del auto. Si una rueda tocaba una piedra, mi madre se sujetaba de la puerta. Si me acercaba demasiado a una zanja, estiraba el pie como si también tuviera un freno.


Al doblar en la calle larga vi la casa de la hija del pastor.


Ella salía por el portón.


Reduje la velocidad. No quería pasar demasiado rápido y que mi madre preguntara por qué. Tampoco quería pasar despacio.


La chica caminó hacia la calle. Llevaba la misma pollera azul del culto y se había soltado el pelo.


Acomodé las manos sobre el volante.


Cuando estuvimos cerca, ella levantó un brazo.


Pensé que me saludaba.


—¡Dios la bendiga, hermana! —le gritó a mi madre.


Mi madre bajó un poco la ventanilla.


—¡Dios te bendiga, querida!


La chica sonrió. Miró hacia el interior del auto, pero no hacia mí. Después siguió caminando.


—Qué hermosa chica —dijo mi madre—. Y tan entregada al Señor.


La observé por el espejo. Cada vez se veía más chica. Después desapareció detrás del polvo.


—Sí —dije.


Al llegar al bar, mi madre señaló un lugar junto a la vereda.


—Pará acá.


Detuve el auto, pero no apagué el motor.


—Andá a buscar a tu papá.


—Andá vos.


—Te estoy diciendo a vos.


—No me va a hacer caso.


Mi madre acomodó la bolsa sobre sus piernas.


—Decile que lo estamos esperando.


—Ya sabe.


—Andá.


Apagué el motor.


Antes de bajar miré el bar. La puerta seguía abierta y había más bicicletas apoyadas contra la pared. Me pesaban las piernas, como si tuviera que caminar mucho más de los pocos metros que había hasta la entrada.


Mi padre estaba en el mismo lugar.


Frente a él había un vaso lleno hasta el borde. Acababan de servírselo. Tomó un trago.


Me acerqué a la cancha.


—Mamá está afuera.


No respondió.


—Dice que es hora de irnos.


Mi padre limpió una bocha con la palma de la mano.


—Que espere.


—Está esperando.


—Entonces no hay problema.


Los demás sonrieron. Aníbal ya no estaba o no conseguí verlo.


—Quiere irse ahora.


Mi padre levantó la vista.


—Gano este juego y vamos.


—¿Cuánto falta?


—Lo que falte.


Me quedé junto a la cancha.


No quería volver al auto sin él. Mi madre me preguntaría qué había dicho y después me mandaría otra vez. Preferí esperar.


Mi padre jugaba concentrado. Caminaba alrededor de las bochas y observaba la distancia desde distintos lugares. A veces se agachaba y cerraba un ojo. Los demás discutían sobre cuál estaba más cerca del bochín.


Él no parecía borracho mientras jugaba.


Pasaron veinte minutos. Después treinta.


Salí una vez para mirar a mi madre. Seguía sentada dentro del auto. Tenía la bolsa sobre las piernas y miraba hacia adelante. Al verme, levantó las manos.


—Ya viene —le dije.


Ella no respondió.


Regresé al bar.


El partido duró casi una hora. Mi padre ganó con el último tiro. Su bocha golpeó la del contrario y quedó junto al bochín.


Gritó antes que los demás.


Los hombres lo abrazaron. Alguien llenó otra vez su vaso. Mi padre lo levantó y bebió más de la mitad de un solo trago.


—Vamos —le dije.


Dejó el vaso sobre la mesa.


—Dame las llaves.


—Puedo manejar yo.


Extendió la mano.


—Las llaves.


Se las di.


Cuando salimos, mi madre seguía en el auto. Mi padre abrió la puerta del conductor y yo tuve que pasar al asiento de atrás.


—¿Terminaste? —preguntó ella.


—Gané.


—Hace una hora que estamos esperando.


—Entonces viste que no tardé tanto.


Mi madre apretó la bolsa contra el cuerpo.


Mi padre encendió el auto y salió sin mirar hacia atrás.


Al llegar a la avenida tomó la ruta. Las luces de los otros vehículos pasaban rápidamente junto a nosotros. Yo veía su cara por el espejo retrovisor. Tenía los ojos pequeños y la mandíbula apretada.


—Dejalo manejar al chico —dijo mi madre.


Mi padre no respondió.


—Él vino manejando bien.


—Me alegro.


—Dale el auto. Vos tomaste.


Mi padre aceleró.


El motor comenzó a zumbar. Miré el velocímetro por encima de su hombro.


—Bajá la velocidad —dijo mi madre.


—Estoy manejando.


—Tomaste demasiado.


—No me jodas.


—Por favor, dejalo manejar a él.


Mi padre giró el volante y cruzó la línea del centro. Durante unos segundos avanzamos por la mano contraria.


Venía un camión a lo lejos.


—¿Qué hacés? —gritó mi madre.


Mi padre regresó a nuestro carril. Después volvió a cruzarse.


—Pará.


Él aceleró más.


El camión hizo cambio de luces.


—¡Pará el auto!


Mi madre se sujetó del tablero. La bolsa cayó al suelo y la Biblia se deslizó debajo de sus piernas.


Mi padre movió el volante de un lado al otro. El auto atravesó la ruta en zigzag. Las ruedas tocaron la banquina y levantaron piedras.


Mi madre comenzó a llorar.


—Por favor. Por favor, no hagas esto.


Mi padre se rió.


—Pedile a tu amado Jesús que te salve.


El camión tocó bocina. Su ruido llenó el auto.


Mi padre regresó a nuestra mano un instante antes de cruzarlo. El viento del camión hizo temblar las ventanillas.


—Jesús —dijo mi padre—. Lo único que quieren es sacarte la plata.


Mi madre seguía llorando.


Yo me sujetaba del asiento delantero. Quise pedirle que frenara, pero no dije nada. Pensé que, si hablaba, también se enojaría conmigo.


Seguimos así hasta entrar en el barrio.


Mi padre redujo la velocidad porque los pozos no le dejaron otra alternativa. Frente a casa frenó de golpe y el motor se apagó.


—Llegamos —dijo.


Mi madre recogió la Biblia del piso. Bajó sin mirarlo.


Yo me quedé unos segundos en el asiento trasero. Mi padre intentó encender el motor otra vez.


—¿Qué mirás? —me preguntó.


Bajé del auto.


Antes de entrar escuché que el motor arrancaba. Mi padre aceleró en punto muerto dos o tres veces. Después apagó las luces.


Esa noche pensé en el trabajo de PabloJacinto.


Con él, por lo menos, yo sería quien manejara.


Durante la semana nadie volvió a hablar del viaje.


Mi madre no mencionó la ruta. Mi padre tampoco. Cenaron juntos, durmieron en la misma cama y se hablaron solamente para preguntarse por la comida, el dinero o alguna cosa de la casa.


El sábado siguiente, mi padre se fue al bar antes de que oscureciera.


Mi madre se cambió para ir al culto. Se puso una blusa blanca y una pollera que le llegaba hasta los tobillos. Después colocó unas monedas dentro de un sobre.


—Preparate —me dijo.


—Ya estoy.


Llevaba la misma camisa del sábado anterior. Mi madre la había lavado y planchado. Mientras caminábamos hacia la iglesia, el cuello de la camisa me rozaba una lastimadura.


Pensé en Pablo.


Pablo no me había buscado durante la semana. Por momentos creí que se habían arrepentido o que solamente se habían burlado de mí. La idea me tranquilizaba. También me molestaba.


La iglesia estaba iluminada. Se escuchaba música desde media cuadra antes. Una mujer cantaba que Cristo rompería todas las cadenas.


Cuando llegamos, Pablo esperaba debajo de un árbol.


Estaba sentado sobre su bicicleta. Al verme, se puso de pie.


Mi madre lo reconoció.


—¿Qué hace ese muchacho acá?


—No sé.


Pablo levantó la cabeza.


—Te está esperando a vos.


—Capaz que quiere hablarme.


—Ahora no es momento de hablar.


Seguimos caminando. Pablo permaneció junto al árbol.


—Voy a ver qué quiere —dije.


Mi madre me sujetó del brazo.


—Primero entramos.


—Son dos minutos.


—La otra vez también eran dos minutos.


—Mamá.


—Es la hora de rendirle culto a Dios. Lo demás puede esperar.


Intenté soltarme sin hacerlo con fuerza. Ella apretó más.


—No quiero entrar.


Mi madre se detuvo.


La gente pasaba junto a nosotros y saludaba. Yo miré hacia Pablo. Él sonreía desde la vereda de enfrente.


—¿Cómo que no querés entrar? —preguntó mi madre.


—Hoy no.


—¿Qué te pasa?


—Nada.


—Entonces entrá.


—Quiero ir con Pablo.


—Ya te dije que no. Ese chico no te hace bien.


—Es mi primo.


—Eso no significa nada.


—Por favor.


—No.


—Mamá, por favor.


Ella me soltó el brazo, pero se colocó delante de mí.


—Tu padre se pasa el día en el bar. Ahora vos querés empezar a andar por ahí con cualquiera.


—No estoy tomando.


—No sabés dónde te lleva esa gente.


Yo sí sabía.


El pastor salió de la iglesia. Llevaba un traje gris y una corbata bordó. Nos sonrió desde la puerta.


—Hermana.


Mi madre cambió de expresión.


—Dios lo bendiga, pastor.


—El Señor puso algo en mi corazón esta tarde.


El pastor descendió los dos escalones y le tomó las manos.


—Hoy quiero que usted levante la ofrenda.


Mi madre lo miró sin entender.


—¿Yo?


—Usted.


—Nunca lo hice.


—El Señor capacita a los que llama.


Mi madre bajó la cabeza. Parecía que iba a llorar.


El pastor sacó una bolsa de tela con dos manijas de madera. En un costado tenía bordada una cruz dorada.


—Cuando termine la alabanza, usted pasa entre los hermanos —le explicó—. No tenga vergüenza. Ese dinero no es para los hombres. Es para la obra del Señor.


Mi madre recibió la bolsa con las dos manos.


—Gracias, pastor.


—No me agradezca a mí.


Él levantó un dedo hacia el cielo.


—Agradézcale al que la eligió.


Mi madre contempló la bolsa. Pasó el pulgar sobre la tela bordó.


El pastor regresó al templo. Antes de entrar, me apoyó una mano en el hombro.


—Qué bueno verte otra vez, joven.


No esperó mi respuesta.


Mi madre seguía mirando la bolsa.


—¿Ves? —dijo—. El Señor conoce el corazón de cada uno.


Asentí.


—Entrá. Ahora voy.


Ella subió los escalones. Una mujer la vio con la bolsa y la abrazó. Después otra hizo lo mismo.


Me quedé junto a la puerta.


Mi madre no volvió a mirar hacia afuera.


Crucé la calle.


Pablo montó en la bicicleta.


—Qué lastre toda esa mierda —dijo.


—No hablés de mi mamá.


—No hablé de ella. Hablé de la iglesia.


Miró hacia la puerta. Mi madre mostraba la bolsa de las ofrendas a otra mujer.


—Mirá cómo se pone por juntarles la plata.


—Callate.


Pablo se rió.


—Tenemos el auto.


Sentí un vacío en el estómago.


—¿Ahora?


—No, mañana a la tarde.


—Claro que ahora.


Miré hacia la iglesia.


—¿Y Jacinto?


—Está esperando.


Pablo se impulsó con un pie y avanzó despacio para que yo pudiera caminar a su lado.


—¿Lo hacés o te cagás?


Antes de responder vi a la hija del pastor.


Venía por la misma vereda, acompañada por dos chicas. Las tres llevaban Biblias contra el pecho. Me miró desde lejos. Después giró hacia una de sus amigas y continuó hablando.


Pasó junto a nosotros.


—Dios te bendiga, Pablo —dijo.


—Igualmente.


A mí no me dijo nada.


Las tres entraron en la iglesia. Desde adentro comenzaron a aplaudir al ritmo de la música.


Pablo me observó.


—¿Y?


Miré la puerta. La hija del pastor abrazó a mi madre. Mi madre todavía sostenía la bolsa.


—Sí —dije.


—¿Sí qué?


—Lo voy a hacer.


Pablo sonrió.


—¿Seguro, evangélico?


La gente cantaba que ya no tenía miedo porque Cristo estaba con ellos.


—No soy ningún cagón.


Pablo pedaleó hacia la esquina.


Yo lo seguí sin volver a mirar la iglesia.


Jacinto esperaba a tres cuadras de la iglesia. Estaba apoyado contra un Falcon oscuro, junto al muchacho de la cicatriz y otros dos que no conocía.


—Llegó el chofer —dijo.


Me arrojó las llaves.


—Manejás vos desde acá.


Abrí la puerta y me senté. El auto tenía la palanca de cambios al volante. Nunca había manejado uno así.


Apoyé la mano entre los asientos por costumbre. La retiré antes de que alguien lo notara.


—¿Qué esperás? —preguntó Jacinto.


—Que suban.


Jacinto se sentó a mi lado. Pablo y los otros se apretaron atrás. El auto olía a cigarrillo, nafta y ropa húmeda.


Puse primera con cuidado. La palanca hizo un recorrido extraño, pero el cambio entró. Arranqué sin que el motor se apagara.


Nadie dijo nada durante las primeras cuadras. Yo sostenía el volante con las dos manos y trataba de recordar la posición de cada cambio. No era difícil. Solamente era distinto.


Pablo fue el primero en reírse.


—Está más duro que en la iglesia.


—Dejalo —dijo Jacinto—. Cuando arranquemos se le pasa.


No respondí. No era el momento de que supieran que nunca había manejado un auto así.


Faltaban pocas cuadras cuando Jacinto se inclinó hacia atrás.


—Pasame la bolsa.


El muchacho de la cicatriz levantó una bolsa que llevaba entre los pies. Jacinto la apoyó sobre sus piernas y abrió el cierre.


Sacó un revólver.


Lo miré y el auto se acercó a la banquina.


—Mirá el camino —dijo.


Corregí el volante.


Jacinto le pasó el arma a Pablo. Después sacó otra y se la entregó a uno de los muchachos. Del fondo de la bolsa apareció una escopeta recortada.


—Dijiste que no había nadie —dije.


—Y no hay nadie.


Sacó otro revólver y lo puso entre mis piernas.


—¿Y esto?


—Agarralo y cerrá el culo, evangélico.


Sentí el metal apoyado contra el pantalón.


—Yo solamente iba a manejar.


—Entonces manejá.


Los demás se rieron. Jacinto continuó repartiendo las armas como si sacara herramientas de una caja.


No volví a preguntar.


El galpón apareció después de una curva.


Era una construcción larga, de paredes bajas y techo de chapa. No tenía luces. Había un portón grande en el frente y una puerta más pequeña a un costado.


Detuve el auto a unos veinte metros.


—Más cerca —dijo Jacinto.


—Acá puedo dar la vuelta.


—Te dije más cerca.


Avancé unos metros, giré y dejé el auto apuntando hacia el camino por el que habíamos llegado.


Jacinto miró la posición del auto.


—¿Qué hacés?


—Lo dejo listo para salir.


—Bueno. No te duermas.


Los cuatro bajaron. El muchacho de la cicatriz me quitó el revólver de entre las piernas.


—No sea cosa que el evangelista se pegue un tiro en los huevos.


Los demás se rieron.


Pablo fue el último en cerrar la puerta.


—Motor prendido y primera lista —dijo—. Cuando salgamos, no preguntes nada. Acelerá.


—¿Cuánto van a tardar?


—Cinco minutos.


—Dijiste diez.


—Entonces esperá diez.


Se alejó.


Los vi cruzar el terreno. Caminaban agachados, aunque no había nadie alrededor. Uno llevaba la escopeta junto al cuerpo. Otro cargaba una barreta.


Llegaron hasta la puerta pequeña. El muchacho de la cicatriz hizo palanca. La puerta cedió con un ruido seco y todos entraron.


Después no escuché nada.


Dejé el motor encendido. Puse primera y mantuve el pie sobre el embrague. El auto quería avanzar, pero yo lo retenía.


Miré el reloj del tablero.


Pasó un minuto.


Después otro.


El camino estaba oscuro. Las ramas se movían sobre los costados y tapaban parte del cielo. Pensé que, si aparecía otro auto, no habría lugar para que pasáramos los dos.


Volví a mirar el galpón.


Nada.


El motor vibraba debajo de mis pies. No era una vibración fuerte, pero después de un rato comenzó a molestarme. Puse punto muerto y solté el embrague.


Pensé en mi madre caminando entre los bancos con la bolsa de las ofrendas. Tal vez ya habría terminado. Tal vez habría preguntado por mí.


Mi padre seguiría en el bar.


Siempre parecían saber dónde estaba yo. Esa noche ninguno sabía.


Pasaron cuatro minutos.


Del interior del galpón llegó un golpe. Después escuché algo que cayó al suelo.


Me incliné hacia el parabrisas.


No podía ver la puerta.


Abrí la guantera.


Un crucifijo estaba sobre los papeles. Lo saqué y lo sostuve entre los dedos. Cristo tenía una parte de la pintura borrada en la cara.


Pensé que debía volver a colgarloguardarlo.


No lo colgué.


Lo dejé sobre mi pierna.


Entonces escuché el primer disparo.


El ruido hizo vibrar las chapas del galpón.


Después hubo dos más.


Me agaché detrás del volante. El crucifijo cayó entre el asiento y la puerta.


Durante unos segundos no pasó nada.


—La puta madre —dije.


Busqué la primera. Empujé la palanca hacia arriba y después hacia mí. No entró.


Desde el galpón llegó otra serie de disparos.


Esta vez fueron muchos.


Volví a mover la palanca. Los engranajes crujieron.


El portón se abrió de golpe. Una luz se encendió en el interior y proyectó varias sombras sobre el terreno.


Encontré la primera, pero solté el embrague demasiado rápido.


El auto dio un salto y el motor se apagó.


Giré la llave.


El motor hizo fuerza, pero no arrancó.


—Dale.


Volví a intentarlo. Apreté el acelerador hasta el fondo. El motor giró cada vez más despacio.


Alguien gritó desde el galpón.


No reconocí la voz.


Busqué el crucifijo junto al asiento. Lo encontré debajo de mi pierna y lo apreté en la mano.


—Dale, por favor.


Giré la llave otra vez.


Nada.


Los disparos estaban más cerca. Uno golpeó contra alguna parte metálica y produjo un sonido breve, parecido al de las bochas cuando chocaban.


Pensé en mi padre levantando el vaso.


Pensé en el pastor levantando la Biblia.


Los dos levantaban las cosas de la misma manera.


Giré la llave por última vez.


El motor arrancó.


Del galpón salió un hombre corriendo.


Llevaba un arma en la mano. Tenía la camisa clara, pero la luz quedaba detrás de él y no pude verle la cara.


Podía ser Pablo.


También podía ser cualquiera de los otros.


—¡Esperá! —gritó.


Puse primera.


El hombre siguió corriendo hacia el auto.


No esperé.


Aceleré.


Vi el resplandor del arma antes de escuchar el disparo. La ventanilla de atrás estalló. Los vidrios cayeron sobre el asiento y sobre mi cuello.


El hombre disparó otra vez.


Algo golpeó la puerta.


Después sentí un ardor en el costado.


No era dolor todavía. Era como si me hubieran apoyado un hierro caliente debajo de las costillas.


Seguí acelerando.


Las ramas golpeaban el parabrisas. El auto saltaba sobre el camino y el volante se movía entre mis manos.


Intenté poner segunda. Tiré de la palanca y la llevé hacia abajo, pero el cambio no entró. El motor comenzó a gritar.


Volví a intentarlo.


Miré hacia abajo por costumbre, aunque allí no había ninguna palanca.


Había sangre sobre mi camisa blanca.


Durante un momento pensé en mi madre. Se enojaría porque la había manchado otra vez después de haberla lavado.


Conseguí poner el cambio.


Al levantar la vista, una rueda cayó dentro de un pozo.


El volante giró solo.


Intenté corregirlo, pero el auto cruzó el camino. La banquina desapareció debajo de las ruedas y las ramas llenaron el parabrisas.


Vi el árbol cuando ya estaba demasiado cerca.


No tuve tiempo de frenar.


El golpe me lanzó hacia adelante. Sentí el volante contra el pecho y después la frente contra el vidrio.


El motor continuó encendido unos segundos. Aceleraba y se apagaba, como si intentara respirar.


Después quedó en silencio.


No sabía cuánto tiempo había pasado cuando abrí los ojos.


Una luz seguía encendida en el tablero. Era roja.


Intenté mover las piernas. La izquierda respondió. La otra no.


Todavía tenía el crucifijo en la mano.


Afuera no se escuchaban disparos. Tampoco voces. Solamente el ruido de las hojas y algo que caía debajo del auto, una gota después de otra.


Levanté el crucifijo para mirarlo.


Uno de los brazos de Cristo se había quebrado.


Pensé que eso quería decir alguna cosa.


Después pensé que no.


Cerré la mano y esperé.


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