Un morocho más en la fila
Todas las mañanas en las que Marcelo iba a trabajar se levantaba temprano, diez minutos antes que el despertador y como una hora y diez minutos antes de tener que ir a la parada a tomar el colectivo que lo llevaba al trabajo.
Cuando los zorzales comenzaban a cantar, trataba de quedarse en la cama diez minutos más, pero le era imposible. Era como si un zorzal funcionara como el despertador de todo lo que había a su alrededor. De repente, despertaba a los otros pájaros y después al mundo entero.
¿Quién puede seguir durmiendo con tantos pájaros cantando al mismo tiempo?
Marcelo pensaba que, en algún momento de su vida, tal vez extrañaría el canto de los pájaros y recordaría aquel barullo como música para sus oídos. Pero ahora no era más que un despertador, el sonido que lo sacaba de la cama y lo preparaba para ir al trabajo.
Ese día estaba especialmente ansioso. Era lunes y, después de algunos años de trabajo, dejaría de hacer turnos rotativos. Dejaría de trabajar de noche y de tener un solo día de descanso. Ahora tendría horario administrativo y descansaría dos días.
Marcelo se había esforzado mucho para conseguir ese privilegio. Había trabajado más de lo que le pidieron, hizo horas extras cuando todo el mundo descansaba y trató de convencer a sus compañeros de que se esforzaran más para alcanzar los objetivos de producción. Pero nunca había sido suficiente.
Siempre había seguido la voz de su madre, que se repetía como un eco demasiado próximo y lo perseguía día tras día.
—Hay que hacer todo lo necesario para progresar en la vida y dejar de ser pobre.
Mientras se lavaba la cara, recordó la primera vez que Antonio lo llamó a su oficina.
—Marcelo, vos sos bueno. Te diferenciás de los otros, pero no lo suficiente —le había dicho, sosteniéndole la mirada—. En la vida hay dos tipos de hombres. Los que hacen algo diferente y el resto, que siempre hace lo mismo. Hay muchos morochos atrás tuyo queriendo diferenciarse. Pero la diferencia la marcan los que saben cuándo jugarse, cuándo hacer lo que tienen que hacer.
Cada vez que Marcelo entraba en la oficina de Antonio le resultaba difícil saber qué lo incomodaba más. Podía ser la indiferencia con la que lo trataba durante aquellos diez minutos en los que lo obligaba a esperar. También podía ser el olor a ajo que emanaba con cada respiración o el blanco de sus ojos rodeando el iris celeste.
Antonio podía hablar durante horas mientras Marcelo fingía escucharlo. Siempre comenzaba sus charlas con algún tipo de enseñanza. Le explicaba por qué comía un diente de ajo al día para mejorar su estado de ánimo o por qué debía cuidarse del sol. Su piel era demasiado blanca, a diferencia de la de los morochos, que podían pasar la tarde tomando cerveza bajo el sol sin que les hiciera nada.
Ponía mucho empeño en usar la palabra “morocho”. No quería parecer racista. Pero alguna vez, en confianza y casi susurrando, había dicho:
—Esos negros de mierda... La cuenta es simple. Juntás dos negros y hacés un sindicato. Juntás tres gringos y hacés una cooperativa.
Marcelo había intentado que las palabras de Antonio no lo afectaran. Se concentraba en el olor a ajo, como si pensar únicamente en el aliento de su jefe pudiera protegerlo de todo lo demás. Pero después, cuando se encontraba solo, las palabras regresaban. Se mezclaban con la voz de su madre y con la promesa de una oficina con aire acondicionado.
En aquella primera conversación, Antonio no le pidió nada de manera directa. Solo le dejó claro que todavía debía demostrar que era diferente.
Marcelo salió de la oficina con la sensación de haber recibido una propuesta que todavía no tenía nombre.
Las noches de insomnio no habían terminado. Algunas eran más cortas que otras, pero la culpa siempre encontraba la forma de despertarlo. Daba vueltas en la cama, cambiaba de posición y se repetía que todavía no había hecho nada.
También pensaba en sus compañeros.
¿Cuántas vueltas puede darle la culpa a un hombre cuando sus propios compañeros lo hostigan por ser diferente?
Es cierto que Marcelo dudó. Pensó en no decir una palabra, quedarse callado y continuar siendo uno más. Pero una noche fue al baño, cerró la puerta y, cuando estaba dispuesto a dejar allí su humanidad, escuchó que entraban varios compañeros.
Al grito de “puto”, le arrojaron un balde de agua por encima de la puerta.
Marcelo permaneció encerrado. Escuchó las risas alejándose mientras el agua le bajaba por la espalda y le empapaba los pantalones. Sintió bronca. Durante unos segundos deseó que todos ellos se cagaran, que Antonio hiciera con ellos lo que quisiera.
Aquella agresión no tomó la decisión por él. Pero le entregó una excusa que podía usar contra ellos.
Cuando fue a hablar con su madre, buscaba un argumento que lo sacara del laberinto en el que se había metido. Necesitaba que alguien le dijera que progresar era más importante que cualquier otra cosa. En el fondo, sabía qué respuesta quería escuchar.
Su madre fue categórica.
—¿Vos te pensás que alguno de esos vagos de mierda va a hacer algo por vos? Nadie te va a sacar del pozo si te caés. Tenés que hacer la diferencia o vas a terminar limpiando cunetas como tu tío. ¡Ahí te imagino, con una oficina con aire solo para vos! ¿Qué más puede pedir una madre?
Se lo decía con un cigarro en la mano, sosteniendo en equilibrio una ceniza más larga que lo que quedaba por fumar.
Marcelo no respondió.
Su madre había dicho exactamente lo que él había ido a buscar.
Ahora se miraba en el espejo. Ya era hora de salir rumbo al trabajo. No había mucho que hacer, más que acomodarse la camisa y arreglarse el pelo.
Feo, pero prolijo, pensó.
Salió del baño, agarró su bolso y caminó hacia la parada. Ahora tenía un poco más de tiempo. El colectivo que llevaba a los administrativos pasaba unos cuarenta minutos más tarde que el de los operarios, como si la fábrica debiera estar funcionando antes de que ellos llegaran.
Los administrativos atravesaban la línea de producción por los senderos peatonales amarillos, con las camisas dentro del pantalón y sus trajes finos. Parecían formar parte de un desfile aspiracional que los operarios observaban cada mañana.
Marcelo solía detenerse a mirarlos pasar.
Había algo en su indiferencia que le llamaba la atención. Era distinta de la indiferencia de sus compañeros, que caminaban con la cabeza gacha pensando andá a saber en qué. Los administrativos miraban al frente, como si estuvieran preparados para enfrentar lo que viniera.
En medio de ese desfile solía aparecer ella. Parecía una flor creciendo entre un terreno lleno de maleza. Mostraba su esplendor sin hacer ningún esfuerzo.
¿Puede alguien ser tan feliz?
Al menos su rostro no parecía negarlo.
Marcelo caminó un poco más despacio hacia la parada, pensando en qué postura debía mantener cuando subiera. Decidió que lo mejor sería llevar la frente bien alta. Tenía que verse como un lobo, porque ya no sería una oveja.
O, por lo menos, intentaría no serlo.
Cuando el colectivo llegó y se abrió la puerta, Marcelo levantó la cabeza. Los tres escalones que lo llevaban al interior serían la primera prueba.
Comenzó a subir erguido.
Lo primero que percibió fue que allí no estaba aquel olor a transpiración y humedad que sentía cada mañana en el colectivo de los operarios. En cambio, encontró una mezcla de perfumes que intentaban escapar hacia la calle, enfrentados en una guerra para demostrar cuál era el más fuerte, cuál era el más caro.
Lo segundo que notó fue que las ventanas tenían cortinas de tela.
Cuando terminó de subir los tres escalones, Marcelo sintió que el peinado al que tanto esfuerzo le había dedicado unos minutos antes ya era historia. La transpiración de los nervios había eliminado lo que quedaba del desodorante y el olor de sus axilas comenzaba a ganarles la batalla a los perfumes.
Buscó un asiento libre y se sentó.
No pudo cerrar los ojos. En el colectivo de los operarios los habría cerrado apenas apoyara el traste en el asiento. Habría dormido durante los cuarenta minutos que duraba el viaje hasta la planta.
Allí, en cambio, llevaba los ojos bien abiertos, como hiperconectado.
Miró por la ventana. El colectivo se detuvo y subió una pasajera más.
Ella subió con el cabello cayendo recto sobre los hombros, como si tuviera el peso de un velo bordado a mano. Su flequillo dejaba dos centímetros de frente sobre sus cejas marrones.
Cuando entró hizo algo completamente distinto a todos los demás. Con un saludo destruyó el cristal de indiferencia que mantenía preso al colectivero.
—Buen día —dijo con voz alegre y firme.
Sus mejillas decoraban su sonrisa como un punto seguido.
Marcelo sintió que lo que había hecho para llegar hasta allí no había sido tan malo. O que, por lo menos, la presencia de ella podía atenuarlo.
Sabía que, si él no lo hubiera hecho, alguien más lo habría hecho en su lugar. Otro estaría sentado allí. Otro habría subido aquellos tres escalones. Otro podría verla caminar por el pasillo.
Necesitaba creerlo.
Ella comenzó a avanzar. Marcelo debía de tener los ojos tan fuera de órbita y una cara de asombro tan evidente que ella cerró la sonrisa y llevó levemente la cabeza hacia atrás mientras caminaba.
Marcelo transpiró un poco más.
Ella siguió a paso lento, sosteniendo la cartera sobre un hombro y sujetándose de las cabeceras de los asientos para acompañar el bamboleo del colectivo.
Marcelo aguantó la respiración.
Ella avanzó. El colectivo frenó para recoger a otra persona y el cuerpo de la mujer acompañó la inercia. Quedó detenida junto a él, al lado del asiento vacío.
Marcelo cerró los ojos y fingió dormir. En el fondo no tenía la valentía necesaria para mirar si ella decidía sentarse a su lado o continuar su camino.
Cuando dejó de verla, pudo diferenciar su perfume. Era el único distinto de todos. Marcaba su presencia como un jazmín en un jardín.
Solo habían pasado unos segundos. Pero el tiempo es una variable con la que el corazón hace lo que quiere o, mejor dicho, lo que puede. A Marcelo le pareció una eternidad.
Es cierto que una eternidad es mucho, pero cuando uno está nervioso suele llamar eternos a los segundos que se transforman en minutos.
Finalmente sintió un movimiento sutil. Alguien dejó caer su cuerpo como cae al suelo una tela colgada de un perchero, con un peso sutil y certero.
Marcelo mantuvo los ojos cerrados. No quería abrirlos. No quería saber quién se había sentado a su lado.
Entonces regresó a la segunda visita a la oficina de Antonio.
Recordó el momento en que golpeó la puerta. Antonio le hizo una seña con la mano para que esperara en el umbral. Marcelo permaneció de pie mientras él escribía en la computadora.
Siempre sospechó que Antonio solo estaba actuando. Movía los dedos como si escribiera un texto interminable. Lo hacía sin mirar el teclado y sin detenerse a pensar las palabras, como si ni siquiera existiera una separación entre ellas.
Marcelo pensó en desistir.
Podía regresar a la línea de producción y continuar siendo lo que era. ¿Qué cambiaría realmente en su vida si seguía en el mismo puesto? Como operario había sido feliz.
Su estómago parecía tener voluntad propia. No entendía de progreso ni de lo que le convenía. Comenzó a revolverle las tripas.
¿Será que mi panza tiene ideales?, pensó.
Era un dolor que nacía en la parte media del estómago y llegaba hasta el final del culo, obligándolo a apretar para no cagarse. Un segundo más y todo habría terminado en tragedia.
—Pasá, negro —dijo Antonio.
Marcelo entró, pero permaneció cerca de la puerta.
—Sabía que eras distinto, pibe —dijo Antonio, mientras se reía como si pudiera presentir el dolor de estómago de Marcelo.
—No, Antonio. Es que yo quería... decirte... —balbuceó.
—No me digas que viniste al pedo a golpear la puerta de mi oficina. Mirá que no estoy para cobardes.
Marcelo no respondió.
Antonio se recostó en la silla y lo observó.
—Vos seguís siendo un perejil. Estás en el chimichurri, pero todavía no sos picante. Y para ser parte del chimichurri tenés que ser picante.
Marcelo bajó la mirada.
—Dale, hablá —le ordenó Antonio—. Quiero los nombres de los que están armando el sindicato.
El dolor volvió a atravesarle el estómago. Pensó en la voz de su madre, en el agua bajándole por la espalda, en las risas detrás de la puerta del baño y en los administrativos atravesando la línea de producción con sus camisas dentro del pantalón.
Todavía podía irse.
Antonio esperaba.
Marcelo respiró y dijo el primer nombre.
En ese momento tomó la decisión.
Después del primero vinieron los demás.
Un roce contra su brazo lo sacó del recuerdo.
Marcelo seguía sentado en el colectivo, con los ojos cerrados. Pudo sentir el codo de ella a través de la ropa que los separaba.
No quería volver a aquel momento de la oficina en el que había perdido la dignidad. Se concentró en el contacto. El codo de ella ocupaba parte del espacio que le correspondía en el asiento, sin pedir permiso, haciéndose notar.
Marcelo no quería romper el hechizo de sentir su piel sin siquiera tocarla.
Su corazón comenzó a palpitar con una intensidad que amenazaba con delatarlo. Su respiración se detuvo y no pudo hacer entrar más aire en los pulmones.
Abrió los ojos para poder respirar.
Ella estaba a su lado.
Marcelo tragó saliva y miró levemente en dirección a su hombro izquierdo. Podía ver sus mejillas, que se dibujaban como un durazno, dulces y tiernas. Al final estaba su boca, pintada de un rosa pálido y apenas cerrada, dejando un pequeño espacio entre los labios.
Su corazón no había palpitado tan rápido ni siquiera cuando se cruzó con uno de sus compañeros en el pasillo, afuera de la oficina de Antonio, y escuchó que le susurraba al oído:
—Traidor, hijo de puta.
Marcelo había agachado la cabeza y continuado caminando como si no hubiera escuchado nada.
Es curioso. Una herida autoinfligida no duele tanto como una provocada por otra persona.
Traidor, hijo de puta.
Volvió a escucharlo en su cabeza.
—Hola, buenos días —dijo ella.
Marcelo se quedó callado, atrapado entre el asombro y la falta de palabras. Respiró.
—Buen día.
—Vos sos Marcelo —dijo ella.
—Sí.
—Yo trabajo en Recursos Humanos. Antonio me pidió que firmes unos papeles por tu cambio de puesto. Cuando lleguemos a la fábrica, podés venir a mi oficina.
—Sí —respondió Marcelo.
Ella sonrió.
Marcelo cerró los ojos. Su cuerpo sintió de golpe el peso de la tensión acumulada durante los últimos días y se quedó dormido.
Despertó al sentir el freno del colectivo cuando llegaron a la portería de la fábrica.
Abrió los ojos y vio que ella también estaba dormida, con el cuerpo levemente apoyado sobre él.
Marcelo no la despertó de inmediato.
Dejó que todo el mundo terminara de bajar del colectivo. Después movió su hombro con suavidad.
—Llegamos.
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